
ARTÍCULO DE OPINIÓN
Javier Elzo
A consecuencia de la demanda de unos padres, un juez de Valladolid ordenó hace unos días retirar los crucifijos de un centro público de Valladolid. La ministra de Educación, Mercedes Cabrera, abogando la Constitución, se declaró partidaria de eliminar los símbolos religiosos de los centros públicos. Añadió, además (DV 26/XI) que, si en los establecimientos que dependen de la administración hay algún símbolo que «pueda herir la sensibilidad de alguien debe ser quitado de en medio».
¡Qué lejos estamos de los tiempos de Tierno Galván, como nos recordaba en una reciente artículo Alfredo Tamayo (DV 11/XI)!. Tierno Galván, teórico del agnosticismo, que pidió la Constitución y el crucifijo para prometer su cargo como Alcalde de Madrid. Ante la sorpresa de alguno arguyó: «En efecto, tiene usted razón, yo no soy creyente, soy agnóstico. Pero la figura del Crucificado es para mí un gran símbolo: es el hombre que dio su vida por defender hasta el final una causa noble». ¿Fue preconstitucional el juramento de Tierno Galván? Seguro que no. Eran otros tiempos se dirá. ¡Vaya que sí!
Una voz autorizada del Vaticano ha declarado que retirar los crucifijos de la escuela es una pérdida cultural. Cierto, pero tal pérdida queda compensada, y con creces, al constatar cuántos padres, madres, hijos e hijas, incluso de los que se sienten heridos en su sensibilidad porque en las escuelas haya crucifijos, los llevan encima, libre y voluntariamente. Colgando de sus orejas, en sus collares y cadenitas. Es un adorno cultural, se dirá con razón, pero no dejará de ser un crucifijo lo que llevan encima, con toda su simbología.
Pero el tema es mucho más que cultural. Desgraciadamente el asunto del crucifijo en las aulas (que se estaba resolviendo de forma pacífica y sin mayores problemas) es, en la actualidad, un indicador más del revival de las dos Españas, cuestión que creíamos ya resuelta. (No hablo de Euskadi, que tiene su singularidad en este punto). Entre una Iglesia que se cree depositaria de la única verdad y que no se ha dado cuenta de que los tiempos de cristiandad son ya historia, y un laicismo excluyente de lo religioso en la vida pública no quedaría espacio para lo que Diego Gracia denomina la sociedad deliberativa. Así España está cada día mas polarizada. Basta que lean, en estos puntos, el ABC y El País. Pero lean los dos, claro.
¿Una escuela libre de símbolos religiosos? No, rotundamente no. En estos tiempos de multiculturalidad, de encuentro de personas de diferentes credos y religiones, yo veo una escuela pública, laica, en la que esté presente el crucifijo, sí, la media luna también y, en general, los símbolos religiosos de los alumnos que conformen ese centro docente. Sin olvidar, por supuesto, la simbología del no creyente (por ejemplo la paloma de la paz, u otra). Como muestra de una escuela de formación integral, tolerante, respetuosa y convivencial de diferentes cosmovisiones y sensibilidades que se respetan y aprecian. Una escuela educadora para una sociedad plural.
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