Paco Martín Guruceaga es físico

A pesar de los pesares, los padres y madres sobreprotectores de la generación actual tienen muy poca idea del empleo del tiempo libre de sus hijos e hijas. Y si ellos no la tienen, los simplemente preocupados, menos. Y los pasotas -especie en galopante incremento- ni le cuento. No tenemos ni idea porque la situación nos supera. Quizás sea exagerado afirmarlo, pero parece que los mayores estamos genéticamente incapacitados para aprender los nuevos chismes tecnológicos que nosotros mismos ponemos a su alcance y que manejan en un pis pas.
Por otra parte, el tiempo que están fuera de casa -a una edad que se anticipa cada día- nos impide conocer la realidad en la que viven, que nada tiene que ver con la nuestra. Incluso con la que vivieron vejestorios que rondan la treintena. Nada que ver. Los estudios realizados sobre los jóvenes y las jóvenas no mienten. Y las estadísticas son las que son. En general, se lee muy poco sobre este problema y si uno -normalmente una- lo hace con el máximo interés, la conclusión a la que llega es que su hijo o hija no es así. Que no le toca. Que el hijo o hija de fulanita y menganito sí que es el vivo reflejo de las preocupantes noticias que se comentan en los medios de comunicación. Pero que el suyo o la suya, no es, ni por asomo, ninguno de los descritos. ¿Es diferente? Pues, no. En muchas ocasiones los otros son los nuestros.
Existen muchas posibilidades de que los otros sean los suyos. ¿Maneja internet sin ningún tipo de restricción? ¿Chatea con quien le da la gana? ¿Accede a las páginas web que le apetecen? ¿Es pagano del alquiler de un local? ¿Sale de casa cuando el resto de la familia está a punto de acostarse? ¿Le gustan las juergas? ¿Conoce los estrambóticos nombres de las combinaciones alcohólicas al uso? ¿Cumple con las normas familiares de funcionamiento en las que su pareja y usted están sorprendentemente -porque no suele ser lo habitual- de acuerdo? ¿Utiliza, incluso en casa, un lenguaje soez? ¿Tiene amigos o amigas que no le huelen a usted demasiado bien?
En función de sus propias respuestas la conclusión es obvia. Quizás su hijo o hija sea fiel reflejo de lo que nos cuentan y de lo que podemos comprobar con nuestros propios ojitos sin nada más que darnos una vuelta por nuestras calles y plazas en los días y noches de celebraciones de todo tipo, porque la imaginación juvenil para justificar las juergas es infinita. Como es comprensible… hasta cierto punto. Si quiere información complementaria de primera mano sólo tiene que entrar -no es fácil- en alguno de los múltiples locales de copas que abundan en nuestra ciudad. O informándose de lo que ven y padecen el personal de las discotecas. O hablando con los médicos de guardia de cualquier hospital.
¿La solución es recluir a nuestros hijos e hijas en una burbuja monacal? ¿Podemos constantemente impedirles que se diviertan con sus amigos y amigas? ¿Podemos prohibirles lo que para los demás es normal? ¿Es recomendable un guantánamo familiar? Respondo como los políticos: me alegro de que me haga esa pregunta. He de contestarle que, rotundamente, no.
¿Qué nos queda? Además de seguir a pies juntillas las profesionales recomendaciones de su tutor o tutora y del profesorado, que normalmente saben de él o de ella bastante más de lo que usted se imagina; las sugerencias que formulan personas expertas en el tema como el juez Emilio Calatayud, cuyo Decálogo para formar a un delincuente -con ciertas matizaciones- no tiene desperdicio; y hasta incluso las recomendaciones de Bill Gates en su famosa y peculiar alocución -que corre por la red- de once reglas a los alumnos y alumnas de un centro de secundaria de USA, hay un aspecto, políticamente incorrecto, que yo le recomendaría: la educación en el no. En dos facetas: la educación en el no en relación con las concesiones que se le hacen y la educación en el no en sus actuaciones personales con sus amigas y amigos.
Me explico: No se puede ni debe conceder a una persona, niño o adolescente, todo lo que pide. No se puede acceder a todas sus solicitudes. No se pueden ni deben aceptar su dictadura ni sus chantajes. No se pueden admitir todos sus caprichos. No se puede vivir familiarmente en la justificación por la paz una avemaría, más común de lo que parece. A pesar de que todos -lo del todos es un recurso tan falso como generalizado- lo tengan, lo hagan, se lo permitan… tú no.
Eso sí: explicando las razones de la negativa con argumentos, sin pretender que la otra parte los entienda. Porque no los va a entender. Una política educativa que facilite la vida de los jóvenes les aleja de la realidad y, por lo tanto dilata, negativamente en el tiempo, el paso de la infancia a la madurez.
Por otra parte, hay que enseñarles a que aprendan a decir no en sus relaciones interpersonales. Enseñarles a decir que no a algunas de las propuestas de sus amigos y amigas. Decir que no a sugestivas iniciaciones del grupo. Responder con un no a insinuaciones de dudosa diversión inmediata. Decir que no a consumos que afectan a su cuerpo y, lo que es peor, a su mente. En definitiva: formarles en el no, en ambas facetas, supone contribuir a forjar una personalidad propia responsable. Y como tal, a madurar con la progresión debida.
Formar en el no puede ser conflictivo, a corto plazo. Pero le garantizo que rinde sus frutos a medio y largo. Sin ninguna duda. Conozco a demasiadas personas -teóricamente adultas- educadas en el sí, adolescentes irreversibles de por vida. Aunque sea mal visto y parezca de otros tiempos: el no educa. * Es físico
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